Nescafé vuelve a poner rostro al origen de su café, la marca de Nestlé lleva a sus frascos las historias de productores mexicanos, una estrategia que traslada al punto de venta el trabajo de las comunidades cafetaleras que abastecen su cadena.
La iniciativa se apoya en Plan Nescafé, el programa de abastecimiento responsable que desde 2010 opera en Chiapas, Veracruz, Oaxaca, Puebla y Guerrero, y que hoy integra a 16.922 productores, de los cuales más de un tercio son mujeres.
En una edición anterior, la marca incluyó relatos de 1.000 caficultores en más de medio millón de frascos distribuidos en tiendas de autoservicio, la escala del negocio explica el interés por contar esa historia.
En México se consumen cerca de 50 millones de tazas de Nescafé al día, y una de cada siete tazas que se toman en el mundo se produce en las fábricas de la compañía en el país, esa posición convierte a México en plataforma industrial, además de mercado, y hace de la materia prima local un activo estratégico: la empresa se ha presentado como el mayor comprador de café del país, con una porción significativa de la producción nacional.
El modelo combina compra directa y trazabilidad. Nescafé trabaja con acopiadores certificados que garantizan seguimiento del grano y precios transparentes, y refuerza su identidad con el sello Hecho en México.
Para el consumidor, ese vínculo funciona como argumento de confianza; para la industria, es una forma de asegurar volumen y calidad en una cadena sometida a presión climática.
El componente técnico del programa se concentra en renovar las plantaciones. México sufrió fuertes pérdidas por la roya del cafeto, un hongo (Hemileia vastatrix) que ataca las hojas y reduce drásticamente el rendimiento, lo que obligó a replantar con materiales más productivos y tolerantes.
El programa ha distribuido decenas de millones de plantas mejoradas y ha capacitado a decenas de miles de productores en prácticas agrícolas sostenibles, desde manejo de sombra hasta control de plagas y fertilización.
La elección de la variedad es una decisión de fondo, el arábica ofrece un perfil de taza más suave y aromático, pero es sensible al calor y a la roya, y requiere temperaturas moderadas, en torno a los 18 a 22 grados.
El robusta, con mayor contenido de cafeína, tolera mejor las altas temperaturas y las enfermedades, y es muy utilizado en el café soluble, que se produce mediante secado por aspersión o liofilización.
A medida que el calentamiento reduce las zonas aptas para el arábica, la combinación de variedades se vuelve una herramienta de adaptación para toda la cadena, aunque exige que el precio pagado al productor compense los distintos costos y rendimientos.
Ese equilibrio es el reto central, un programa de abastecimiento solo es sostenible si el caficultor obtiene una rentabilidad estable, con ingresos suficientes para reinvertir y para que sus hijos vean en el campo una opción de futuro.
Los directivos del programa señalan que hay productores que dejaron la caña o los pastizales para cambiar al café al ver una alternativa de vida, y que el objetivo es acompañar el salto de agricultor a agroempresario que vende directamente a la industria.
Contar historias en el empaque aporta visibilidad, pero la credibilidad depende de los resultados en campo: mejores rendimientos, calidad constante y precios justos, para el sector cafetalero mexicano, la combinación de renovación varietal, trazabilidad y relación directa con las comunidades será determinante para sostener su lugar frente a competidores de menor costo.














